Es frecuente confundir
violencia de género con violencia doméstica o familiar. Según la definición que
realiza Sanmartín, la violencia en el hogar, también denominada
violencia familiar, doméstica o intrafamiliar, se refiere a todos los individuos
que viven en el hogar.
La violencia familiar
se basa en una dinámica de poder, siendo los dos ejes del desequilibrio de
poder dentro de la familia el sexo y la edad. (Fábrega, C., 2000)
El Consejo de Europa
define la violencia intrafamiliar como “toda acción u omisión cometido en el
seno de la familia por uno de sus miembros, que menoscaba la vida o la
integridad física o psicológica, o incluso la libertad de otro de los miembros
de la misma familia, y que causa un serio daño al desarrollo de la
personalidad”.
La violencia familiar
se produce, por lo tanto, de forma sistemática a lo largo del tiempo por
maltrato de uno de los integrantes de la familia hacia otros miembros más
débiles, que no sólo afectan al género, sino que incluyen también a niños y
niñas, personas ancianas y /o de ambos sexos con discapacidades.
Como podemos leer en el
artículo sobre el análisis de los distintos tipos de violencia, también se
produce maltrato mediante la acción (maltrato directo) o la omisión (ausencia
de cuidado).
No debemos hablar de
violencia doméstica para hablar de violencia de género. El término género se
utiliza para diferenciar la desigualdad y discriminación de la mujer. En esa
confusión entre los términos “familiar” igual a “género” se esconde en cierta medida
una actitud aprendida en la socialización, a la que hacíamos referencia al
principio de este marco.
No obstante, tanto la
violencia familiar como la de género proviene de distintos factores, pero
tienen en común la de la interiorización de normas que afectan a agresor y
víctima basándose en unos valores patriarcales que justifican el uso de la
violencia para mantener el orden dentro de la familia mediante la dominación y
el control. Siguiendo a Rodríguez de Armenta existe una perspectiva cultural (valores
patriarcales que justifican y favorecen la violencia de género) o estructural
(en base a desigualdades sociales algunos individuos descargan su agresividad
con la familia o pareja cuando no consiguen alcanzar sus objetivos).
Otra explicación
etiológica hace referencia a la suposición de que el agresor presenta unas
disfunciones patológicas (impulsividad, psicopatía, hostilidad, consumo abusivo
alcohol, depresión, etc.) que son la causa de su conducta violenta. Parece que
algunos trastornos de personalidad pueden estar implicados en la adopción de
conductas violentas en el hogar. El trastorno antisocial (frialdad afectiva y
falta de empatía), el trastorno paranoide (desconfianza y recelos) y el
trastorno narcisista (estimación permanente).

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